Estefany Mora: la científica de las microconchas y los microplásticos

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Laura Nathaly Torres Romero

Periodista científica

Cuando Flor Ángela Galindo se enteró de que estaba embarazada de Estefany, se encontraba haciendo una cortina de conchas de moluscos marinos. Recolectó decenas y a cada una de ellas le abrió un pequeño agujero con una broca del tamaño de una aguja. Desde antes de nacer, la vida de Estefany ya estaba conectada con el mar y con los seres que visten fascinantes y variadas conchas.

Flor Ángela Galindo embarazada y su cortina de conchas. Bogotá, 1995.

Ahora Estefany tiene 28 años y dedica sus días a investigar cómo la contaminación por microplásticos afecta a los foraminíferos. Cuando habla de estos diminutos seres marinos que está estudiando, es fácil percibir su fascinación por ellos. Sonríe, mira para arriba e intenta buscar las palabras que al menos se aproximen un poco a lo que está sintiendo. 

Su pasión por la vida marina no es nueva. Cuando estaba en segundo de primaria, creó un club de biología marina en su colegio. “Ella hacía preguntas a sus compañeritas para poderlas incluir en el grupo y en los recreos se la pasaban haciéndose preguntas, leyendo, hablando sobre los conocimientos que habían adquirido a través del Autobús Mágico (serie animada) o National Geographic”, me cuenta su mamá mientras me muestra decenas de fotografías de viajes familiares en lugares costeros.  

Estefany Mora y su hermana en su primera visita al mar. San Andrés, 2001.

Cuando Estefany cumplió 15 años, su familia le hizo un regalo que afianzó su conexión con el mar: convertirse en buzo certificada.  “Eso marcó un antes y un después en mi vida. Yo pude conocer el mundo subacuático muy, muy personalmente, y esto también tuvo una fuerte influencia en mi gusto por este entorno”, relata mientras me cuenta algunas de sus aventuras submarinas. 

En una ocasión realizó una inmersión en Providencia y Santa Catalina con el fin de cazar peces león, una especie invasora del caribe colombiano. En medio del buceo, estuvo rodeada por diez tiburones, “creo que nunca en mi vida he vuelto a sentir este nivel tan alto de respeto por un ser. Es tener un tiburón a unos metros de distancia. No puedo imaginar un mayor respeto y admiración. Es increíble. Allá en Providencia y Santa Catalina nada más careteando puedes ver tortugas, rayas, calamares. Todo eso es muy conmovedor” cuenta mientras mueve sus manos enérgicamente y llena la terraza en la que estamos de una gran emoción.

Aunque todo apuntaba a que estudiaría Biología Marina, optó por Geología porque resultó ser la carrera que combinaba de manera integral diferentes ciencias básicas que le apasionaban. Su mamá recuerda con regocijo cuando fue admitida a la Universidad Nacional, era una hazaña conseguirlo y Estefany lo logró. Era 2013 y más de 40.000 personas presentaron el examen de admisión ese semestre. Fue tan relevante, que una impresión de aquella noticia reposa en el gastado álbum familiar como insignia de ese genuino orgullo maternal. 

Impresión de la noticia consignada en el álbum familiar. 2013.

Estudió la Maestría en Biología Marina de la misma universidad con el ímpetu de aquella niña que fue directora del club de biología marina en su colegio. Vivió en Santa Marta durante dos años y todos los días se dirigía en su pequeña bicicleta roja a uno de los laboratorios del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras INVEMAR para adelantar su trabajo como joven investigadora de la Corporación Centro de Excelencia en Ciencias Marinas – CEMarin.

La científica

Estefany está enamorada de los foraminíferos. Para estudiar estos pequeños y olvidados seres, es casi un requisito estarlo. Es un trabajo que demanda mucha paciencia. En una pequeña cucharada (alicuota) de las muestras de sedimentos que extrajo del mar, puede haber cientos de conchas de forams que debe aislar individualmente durante horas con la ayuda de un pincel fino y el aumento que proporciona el estereoscopio (instrumento óptico). 

El objetivo de su investigación fue determinar el impacto de la presencia de microplásticos en las comunidades de foraminíferos en una zona de estudio ubicada en el caribe colombiano. “Los plásticos están degradándose y caen pedazos muy chiquititos al fondo del mar. Me interesa saber qué ha pasado en estos últimos años en que este material ha estado cayendo al sedimento y cómo está afectando a los foraminíferos a lo largo del tiempo”, me explica mientras prepara una muestra de sedimento que había tomado esa mañana para observarla bajo el estereoscopio. 

“¡Mira este foraminífero tan lindo!” me dijo señalando el monitor que presentaba la imagen ampliada del estereoscopio. Tenía razón. Era una concha preciosa. Traslúcida, brillante, enrollada en forma de espiral. Una belleza humilde que pocas personas hemos tenido el placer de contemplar. Parece mentira que entre el fango del océano permanezca invisible tal espectáculo de pequeños seres unicelulares del tamaño de un grano de arena.  Eso también cree Estefany: “la primera vez que vi a los forams, lo que más me intrigó y me pareció fascinante, fue la perfección de sus conchitas. Y no solo eso, dimensionar que es una sola célula. Eso a mí me parece increíble. También ver que hay una variedad inmensa de conchas, de formas. Cada vez que uno ve una nueva forma que no ha visto antes, es emocionante”.

Sedimento marino ampliado en el estereoscopio. Entre el círculo rojo un foraminífero. Santa Marta, 2022.

Su trabajo de investigación fue, literalmente, un viaje en el tiempo. Introdujo dos tubos de poco más de un metro en el fondo del Mar Caribe para extraer muestras de microplásticos y foraminíferos. «Entre más profundo los entierro en el sedimento, es decir, en la arena y el lodo, más retrocedo en el tiempo, ya que a mayor profundidad, el sedimento depositado es más antiguo. Por lo tanto, si entierro el tubo a un metro de profundidad, podría obtener información dependiendo del sitio, por ejemplo, de lo que ocurrió hace 100 años» explica. 

Esta investigación representó un proceso continuo de aprendizaje para ella. Al inicio, planteó objetivos muy ambiciosos que gradualmente fue ajustando y haciendo viables. «Pensaba que podía abordar muchas cosas en poco tiempo, pero al darme cuenta de que esta es la primera vez que me enfrento a trabajar con estos organismos, tuve que aceptar que estaba en un proceso de aprendizaje. Necesité pedir ayuda y reconocer que no podía abarcarlo todo», menciona con una ligera resignación, apenas perceptible.

Los resultados de la investigación de Estefany reflejan la esencia colaborativa inherente al trabajo científico, que se asemeja a una carrera de relevos donde múltiples estudios se suceden para responder la pregunta inicial. Es un auténtico trabajo colectivo que Estefany inició en Colombia y que representa un punto de partida para futuras investigaciones. En sus palabras: «abrí una pregunta, investigué este tema y estudié estas variables. Pude observar que la abundancia de foraminíferos ha experimentado cambios importantes en los últimos años, y la influencia de los microplásticos aún no es tan clara. Sin embargo, es necesario abordar otras variables y determinar si existe o no una relación entre ambos factores».

Aunque su trabajo en el Servicio Geológico Colombiano le consume buena parte del día, intenta no perder la costumbre de disfrutar sus cosas favoritas en la vida: pasar tiempo con sus amigas, cocinar, ver películas, dibujar y viajar a Palomino, Guajira para visitar a su familia y aprovechar para comer la pasta que cocina su mamá y el esponjado de maracuyá que prepara su hermana menor. 

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