Esta es la historia de una mujer que escribió libros que reposan en las bibliotecas de universidades de todo el mundo. Una sobreviviente de Pinochet que dedicó su vida en Colombia a sentar las bases del estudio de unos diminutos seres marinos tan desconocidos como ella. Esa mujer es Carmen Silvia Parada Ruffinati (1931-2019).
“¡Esta mujer está sacando material radioactivo del país!”, dijo un militar mientras revisaba una de las maletas que Carmen Parada llevaba en el bus. La subieron a un vehículo ante la mirada horrorizada de los otros pasajeros que viajaban con ella. En el Chile de entonces, cuando los militares detenían a alguien, nadie sabía si regresaría. La llevaron por el desierto de Atacama hasta donde un teniente que, con más conocimiento, supo que eso que tanto atesoraba Carmen no era material radiactivo. Se trataba de una colección de fósiles y rocas que Carmen quiso llevar consigo cuando tomó la decisión de exiliarse para siempre de Chile.
Carmen era profesora de paleontología y evolución en el Departamento de Geología de la Universidad de Chile, en Santiago. En medio del reciente golpe de Estado, estaba a punto de realizar un intercambio a la Universidad Loyola en California cuando recibió una llamada que cambiaría su vida para siempre. “Carmen, yo te quiero. No vayas al aeropuerto ni le digas a nadie donde dejas a tus hijos”, le dijo uno de sus estudiantes antes de confesarle que era un espía al servicio de la dictadura.
Con un profundo sentimiento de incertidumbre, empacó un par de maletas, sus fósiles y rocas y emprendió un viaje de casi 6.000 kilómetros por tierra con destino a Cali, Colombia. El viaje no fue fácil. Nada en la vida de Carmen lo fue. Estaba agotada. Justo antes de salir de Chile, aunque la dejaron seguir su camino, los militares, por orden del teniente, le robaron la colección de fósiles y rocas por la que la habían retenido en el desierto de Atacama.
La segunda oportunidad
Ya habían transcurrido tres años desde que Carmen llegó a Santiago de Cali ese lluvioso 5 de diciembre de 1973. Pasaba sus días trabajando como mesera en una fuente de soda y cuidando de sus tres hijos, a quienes había conseguido traer de Chile algún tiempo después de su llegada. En un momento, parecía que su vida científica había llegado a su fin, que la dictadura también había logrado arrebatarle su pasión más íntima: el estudio de los microfósiles.
Según recuerda Gloria, su hija, un día Carmen vio un aviso en el periódico El Pueblo de Cali: «La Universidad Nacional de Colombia busca profesional con estudios en biología y paleontología». Ella empezó a creer que, a pesar de todo, aún era posible volver a las aulas y laboratorios. Algunos amigos recogieron dinero para costear su viaje a Bogotá. Presentó el concurso y pasó. Así se convirtió en profesora de la Universidad Nacional de Colombia el 16 de agosto de 1976. En ese momento, este país ganó una científica excepcional que pasaría cerca de dos décadas dedicada a la micropaleontología.
Quienes conocieron a Carmen la describen como una mujer entregada a la ciencia. “Metódica, constante, eficiente, rigurosa en sus evaluaciones. Todas las cualidades de un auténtico científico”, escribió el paleontólogo Gustavo Huertas. No podía ser de otra manera. El grupo de sus amores eran los foraminíferos, unos desconocidos y diminutos seres que habitan los océanos y que representan un reto para su estudio. En su época de mayor actividad investigativa, era reconocida en el ámbito científico como una pionera en la investigación de estos organismos. En palabras del antropólogo Gonzalo Correal Urrego: “ha hecho valiosos aportes al país, siendo por esto precursora en el desarrollo de una ciencia nueva para Colombia”.
Entre 1980 y 1996, publicó valiosas investigaciones que configuran un legado significativo en el campo de la paleoceanografía y la paleoecología marina a través de su extenso trabajo sobre los foraminíferos. Desde la publicación de su primer artículo, hasta la publicación de varios libros y artículos, profundizó en la diversidad, distribución y ecología de estos microorganismos unicelulares en diversas regiones costeras de Colombia, especialmente en el Caribe.
Su fervor por estos seres no solo era científico, también era estético. Los foraminíferos exhiben conchas de una variedad asombrosa de formas, lo cual resulta impresionante considerando que la inmensa mayoría de ellos mide menos de un milímetro. En una ocasión organizó una muestra de óleos de estos seres, pintados por ella misma.
Era una apasionada. Así también la recuerda Carlos Alberto Sánchez, uno de sus estudiantes, actualmente profesor de la Universidad Nacional, quien se dedica al estudio de los foraminíferos por influencia directa de ella. “Aún recuerdo el salón en el que me dictó clase. Hablaba con tanta pasión y entusiasmo de los foraminíferos que supe de inmediato que quería dedicarme a esto. Para mí, fue una fortuna conocerla”, dice. Frente a él, en su escritorio, reposan algunos de los libros escritos por Carmen.
Colombia, el mar y el vallenato
Gonzalo Andrade, el director del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia, rememora no solo a la Carmen entregada a la colección de foraminíferos, sino también a la Carmen jovial que disfrutaba de cada oportunidad para bailar. “La profe Carmen todo el año estaba con su bata blanca, pero en las fiestas de fin de año del instituto, se la quitaba y hacía un baile de pañoletas. Un espectáculo impresionante”, relata mientras emula los movimientos de las pañoletas con sus manos. Ese baile que recuerda Gonzalo es nada menos que la danza nacional de Chile, la cueca. Y es que, aunque el 16 de diciembre de 1986 juró en el despacho del gobernador de Cundinamarca renunciar para siempre a los vínculos con el Gobierno de Chile y convertirse en colombiana por adopción, siempre mantuvo a Chile en sus pensamientos y en sus prácticas más íntimas y cotidianas.
18 de septiembre de 1990. Al fin una fiesta sin Pinochet en el poder. Carmen y Lucy Reyes, también exiliada chilena en Colombia, estaban dichosas. Hablaron, rieron, comieron empanadas y bebieron vino, pero chileno, como siempre exigía Carmen. Finalmente, la dictadura cayó. Emergió una suerte de alivio y esperanza que marcó cada fiesta patria de Chile que ella celebró en su exilio.
A pesar de que su llegada a Colombia fue intempestiva, con el paso de los años Carmen construyó una sólida y apasionada relación con este país. Amaba sus tierras y, sobre todo, amaba sus mares y océanos. Paola Pérez, su nieta, recuerda con nostalgia uno de los rituales personales que tenía su abuela para consagrar este amor: en la mitad de su sala, encima de una pequeña mesa de madera, reposaba un botellón de vidrio transparente que contenía arena de todas las playas que había visitado. Quería llevar consigo un poco de la magia de cada lugar costero para que el mar siempre estuviera con ella. De hecho, una vez se jubiló de su trabajo en la Universidad Nacional de Colombia, no dudó un segundo en mudarse a Santa Marta. Se levantaba todos los días a las 5:00 de la mañana con destino a la playa más cercana. Ya se había hecho fama entre los locales por ese hábito.
«Tú, la de tantas promesas bonitas, la de aquella pasión infinita», se le escuchaba cantar a Carmen. Esta composición de Otto Serge y Rafael Ricardo era una de sus canciones favoritas. Descubrió en Colombia que no había un género musical que disfrutara más que el vallenato y que no había una comida que le gustara más que el ajiaco santafereño. Hasta el último de sus días estuvo agradecida con este país porque, en palabras de su nieta, «la había recibido con los brazos abiertos y porque aquí ella pudo dedicarse a la investigación científica. Colombia le dio todo lo que ella siempre quiso. A veces decía que se sentía más colombiana que chilena».
