Una microhistoria de amor

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Laura Nathaly Torres Romero

Periodista científica

Cuando entré ese día a la clase de diversidad biológica, no imaginaba que estaba a punto de conocer el organismo más fascinante que alguna vez haya visto. La profesora Martha García puso sobre la mesa una pequeña botella con tapa de corcho que le habían traído de la Isla de Okinawa en Japón. La abrió con delicadeza y puso sobre un recipiente de cristal lo que parecían ser decenas de pequeñas rocas blanquecinas que habían estado reposando en la botella en su viaje de 15,802 km hasta Bogotá. 

Ella acomodó la caja en la base del estereoscopio, acercó sus ojos a los oculares y enfocó con rapidez. Cuando llegó mi turno de mirar, no encontré en las decenas de imágenes de organismos que guardaba en mi memoria uno que se le pareciera. ¡No! En definitiva no eran rocas. Parecían ser diminutas estrellas de formas irregulares y de un material resistente, rugoso y poroso. Eran preciosas. Insistí durante toda clase para que la profesora me revelara ese, que para mí, se había convertido en el único enigma que valía la pena resolver. Me hice todo tipo de preguntas. Escribí una tosca descripción en Google con la esperanza de que él me dijera qué clase de organismos eran pero no tuve suerte. 

Llegó el momento. La profe Martha se levantó de su silla y preguntó si alguno había podido reconocer las enigmáticas criaturas. Dirigí mi mirada hacia todas las mesas del laboratorio. Nadie había podido resolver el misterio. Tomó el recipiente que las contenía y dijo: “son conchas de Foraminíferos”.  Desconcertada, apoyé los codos sobre la mesa y me llevé la mano a la frente mientras fruncía el ceño. 

Estuve durante días leyendo y cada cosa que descubría sobre ellos era más sorprendente que la anterior. Miraba mis manos con extrañeza, pensaba en las millones de células que las componían y en la inmensa diversidad de cosas que podía hacer con ellas. Después, solo una pregunta se venía a mi mente: ¿me están diciendo que estos bichitos marinos tienen solo una célula y con esta son capaces de construir esas conchas tan sofisticadas?

Chocolate con pan 

Cuando recibí el dinero que me dio la universidad por hacer una monitoría ese semestre, decidí consagrar para siempre mi amor hacia ellos. Escogí la ilustración de un foraminífero de la especie Elphidium articulatum y fui a donde Julián, mi tatuador de confianza. No tardó mucho. 

— ¿Lau, te tatuaste un croissant?

— Ay, cállate, Migue. 

Han pasado cuatro años. Me sigue diciendo que me tatúe una taza de chocolate al lado. 

Fotografía del tatuaje del foraminífero en mi brazo. Archivo personal.

Guajira

— Repelente, repelente natural. 

— ¿Natural? ¿Los haces tú?

Se sentó a mi lado y puso algo de su producto en mi brazo. En ese momento un relámpago iluminó la noche durante unos segundos que parecieron una eternidad. Por un instante todo quedó en silencio. Quizá no encontrábamos las palabras adecuadas para intercambiar con un desconocido después de presenciar algo así. 

— Yo vine de paseo y por cosas así no me pude devolver. ¿Tú cuando ves algo así en Bogotá? ¡Nunca! Esta playa te atrapa.

— Qué más quisiera yo pero me toca devolverme a trabajar mañana. 

— Te buscas algo para vender en la playa y ya. Yo vendo unos cuantos repelentes al día y me alcanza para vivir. No Transmilenio, no estrés. Relajao. 

Cogí un puñado de arena y mientras la sentía entre los dedos, me dejaba llevar por la idea del sujeto que había conocido hace unos momentos. 

— ¿Y qué haces por acá? ¿De paseo? 

— No, vine a hacer unas vainas para un trabajo de la universidad. Es sobre mmm…pilla, en este puñado de arena podría haber cientos de conchitas de unos bichos super chiquitos. 

—Jaja ¿cómo así? ¿cómo así? ¿de verdad? 

— Jajaja te lo juro. Es increíble. Los panas tienen unas conchas super lindas pero que no se pueden ver a simple vista. Una belleza humilde. Se llaman foraminíferos.

La señal

Era increíble que nadie supiera de Carmen Parada Ruffinatti. Había escrito gran cantidad de libros y artículos de los foraminíferos de Colombia, pero, más allá de su producción académica, no había información sobre ella. ¿Seguía con vida? ¿Cómo lucía? ¿De dónde era? ¿Cuáles eran sus pasiones? ¿Cómo es posible que alguien como ella pasara tan desapercibida? Durante dos años me obsesioné con responder estas preguntas. En algún momento pensé en abandonar la tarea, no encontraba el hilo del cual tirar.  A veces, no todas las preguntas se pueden responder, me decía cuando estaba en busca de consuelo. 

Hacía cuatro años que Beatriz, la propietaria de una librería en Bogotá, había puesto a la venta en Mercado Libre el único libro que me faltaba consultar de Carmen: 153 páginas que habían sido publicadas en 1998 con el nombre de  “Bases paleontológicas de la vida actual”. Claro que lo compré. Lo saqué de la bolsa y me quedé por unos segundos apreciando su portada. En la primera hoja había una dedicatoria escrita en letra cursiva: “para Hernando y Josefina con cariño”. No sé quiénes eran ellos, pero en ese momento eso no importaba porque lo único que tenía en mi cabeza era descifrar quién la había escrito y firmado. 

—Amor, ¿cuál crees que es el nombre de esa firma?

—¡Ahí dice claramente! Carmen Parada Ruffinatti.

—¿En serio? Mi corazón me dice que puede ser la firma de ella, pero no quiero caer en el sesgo de confirmación.

—Jajajajaja, te estaba chimbeando.

—No es gracioso.

—Pero viendo en detalle, creo que sí, amor. Es la firma de ella. La P y la C están sobrepuestas y es posible que ahí diga Parada.

—¿Será?

Le tomé una foto a la hoja y se la envié por correo electrónico a Carlos, un profesor que había sido estudiante de Carmen. Si él la conoció, quizá podría reconocer su letra y firma. Pasaron unos minutos y me llamó.

— Laura, esa es la firma de Carmen.

— ¿De verdad?

— Sí, ella escribía así.

— ¡Estoy feliz!

— Tómalo como una señal para no desistir. 

No creo que Carmen o Carlos creyeran en las señales místicas. Yo tampoco. Pero si el azar logró que todos los seres provengamos del mismo organismo primigenio que se originó hace 3,700 millones de años, también lograría poner en mis manos una pequeña parte de Carmen, un vestigio que se convirtió en el aliciente que necesitaba para continuar en la búsqueda de respuestas.

Dedicatoria en el libro Bases paleontológicas de la vida actual, escrita a mano por Carmen Parada Ruffinatti.

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